La imagen de cera

Hace poco fui a una feria donde se vendían todo tipos de sillas, incluyendo la venta de sillas plegables, asientos de cine privados y comerciales, sillones para todo tipo de oficinas, sillas para comedores domésticos y muchos otros tipos  de sillas.

A su vez, también se venden mesas de todo tipo, ventanas, relojes, pisos de muchas clases y decoraciones de todo tipo, desde tapetes hasta medidores de vientos de plata y campanas.

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Esta feria es organizada por dos turcos, quienes llevan haciendo esto por los pasados 40 años, donde se han vuelto millonarios o muchos dicen que son aún billonarios con una fortuna ascendente.

Entre los miles de elementos y objetos que pude ver con atención, hubo una pieza en particular que llamó mucho mi atención debido a su calidad, su belleza y su tamaño.

Se trataba de un tapete de cera donde estaban retratado un paisaje asiático típico, como lo son las montañas altas con roca y árboles de bonsái, tapizándolas hasta el horizonte iluminado de una manera muy extraña por la luz de una luna llena plateada, con una apariencia de algún extraño plantea cuya mirada se embonaba extrañamente con la obscuridad de la noche, creando un extraño efecto de tercera dimensión ante la mirada humana.

En una de aquellas montañas conquistadas por innumerables legiones de bonsáis, se encontraba un aquero, quien portaba un arco y flechas hechos de plata; observaba atentamente hacia las profundidades de los precipicios de roca que descendían hasta un gran río, que serpenteaba a través de las montañas hasta las fauces de grandes distancia, donde todo lo grande se hace pequeño y lo fuerte se hace débil.

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El agua estaba retratada de tal manera que parecía absorber algo de la luz de la luna, como una esponja absorbe al agua sin esfuerzo y de una manera armónica y natural, dándole un aire fantasmal donde el profundo y sólido espíritu del agua exaltaba su naturaleza poética con un concierto de minúsculas luces, que hacían mímica a las estrellas que brillaban lejos de la Tierra, con una luz tenue y silenciosa, opacada en gran medida por el reflejo de la luna.

Si el diseño en general era hipnótico, lo era más aún cuando uno se acercaba para examinar con un mejor ojo los pequeños detalles que ahí se escondían, algo muy común en el arte del lejano oriente, donde aquello que se ve a primera vista casi nunca es lo que realmente está, sino que hay que ver dos o tres veces con un buen ojo para ver los detalles que conforman la obra.

En este caso, uno de los detalles más bellos que noté fue el hecho que aquellas pequeñas luces que brillaban en el agua era en realidad las escamas de muchos peces pequeños, quienes nadaban con gracia, unos para una dirección y otros hacia el lado contrario, representando el conflicto de interés que todos tenemos.

En realidad era una pieza muy hermosa.