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MIGUEL ÁNGEL
MORALES Para una pureza mental, igualmente la pureza de la forma, el color y la materia. A partir de figuras austeras, burdas, casi agresivas, de elementos deteriorados por el tiempo y a la vez conductores de energía, Miguel Ángel construye estas esculturas, donde todo se concentra en el metal y la parafina. Combinados, uno oculta al otro y viceversa. La solidez y la fragilidad se fusionan tras un gran motor energético. Ambos materiales son conductores de energía, protectores y transformadores. La cera refina la pesadez del metal, el metal da cuerpo a un material dúctil. Gobierna la ausencia absoluta de cualquier elemento de orden decorativo. Esta exposición fue construida e instalada ex profeso. El carácter efímero es claro, las obras son destruidas al desmontarlas y reconstruidas al ser expuestas. Su trabajo plástico en este caso de dimensiones inusuales es un ritual en sí mismo. Estos esqueletos pertenecen a los residuos de tránsitos temporales, como la cerilla o el óxido. Los malestares y bienestares van quedando en los objetos y éstos estructuran la seguridad de una vida. La barca alude al viaje continuo, suspendida la instalación deja un carácter frágil, mortuorio y de alienación. Los muros y el techo que forman la casa símbolo de protección y resguardo, son al mismo tiempo la jaula y la cueva del hombre ante la omnipotente naturaleza. Cubierto de velos blancos el hombre carga siempre algún lastre en su mente en el necesario tránsito constante. Todos son temporales vestigios de un pretérito que no existe, pero se percibe. Miguel Ángel ha manifestado una la relación profunda con los materiales que utiliza. Se concentra en la repetición serial, el movimiento, la elaboración de tramas a partir de los objetos mismos. En esta muestra el alimento se pudre para algún día ser otra vez alimento. El conjunto es gélido, y sin proponérselo creo, tiene una atmósfera sacramental. - A. Quiroz |